25/9 De vuelta a casa
Hoy nos tocaba viaje de vuelta. No hasta Madrid, porque volamos mañana, pero sí hasta las inmediaciones del aeropuerto de Zaventem. El aeropuerto de Bruselas está, en realidad, en la cercana localidad de Zaventem, ya en Flandes. Esto significa que, si bien la mayor parte de la población bruselense tiene como primer idioma el francés, en el aeropuerto todos los carteles están en flamenco. Cosas de la política lingüística belga.
Pero nosotros nos hemos despertado en Luxemburgo, aún lejos de Bruselas, y aún teníamos un último día que aprovechar. Nos hemos ido a desayunar a una terraza en la Ciudad Alta. Yo he pedido el desayuno de la casa y Ester, que no tenía mucha hambre, solo un café y una tostada con bacon. La tostada ha resultado ser tres sándwiches bastante bien rellenos. Vamos, que le han puesto más que a mí. Aún he tenido que ayudarla a acabar con todo.
Hoy hemos tenido también visita guiada. Queríamos haber cogido una de tres horas en castellano, pero no había forma de reservar plaza, así que hemos acabado en una de dos horas en inglés. Entre que hacía muy buen tiempo y que era sábado, estábamos más de treinta personas. Un poco incómodo para oír a la guía, pero nos hemos apañado. Y nos hemos enterado de algunas cosas. Por ejemplo, de que los grandes duques de Luxemburgo (el país es, oficialmente, un Gran Ducado) ya no viven en el palacio ducal porque les pusieron al lado un mercado de quesos y otro de pescados, de modo que decidieron irse a una zona menos olorosa. O, ya en cosas más recientes, por qué no encontrábamos nada abierto ayer en el Grund, el barrio supuestamente más animado de la ciudad: porque aún no se han recuperado de las recientes inundaciones que afectaron esta parte de Europa, así que los negocios siguen cerrados. Ya nos extrañaba a nosotros.
Y ya hemos dicho adiós a la sorprendente ciudad de Luxemburgo. Hasta la vista.
Y hemos empezado el largo camino de vuelta. Tras una hora y media, o por ahí, hemos hecho nuestra primera parada en La Roche-en-Ardenne. Bueno, casi dos horas porque nos hemos metido por una carretera cortada y hemos tenido que dar una buena vuelta. La Roche parece una población muy popular entre los belgas, había un montón de gente que había ido a pasar el día. De todos modos, hemos conseguido aparcar en el centro, dar una vueltecita y tomarnos algo en una terraza junto al río Ourthe, que es uno de los atractivos del lugar.
Y hemos seguido por las bonitas, aunque tortuosas, carreteras locales de las Ardenas hasta nuestra siguiente parada, Durbuy. Con sus diez mil habitantes, se anuncia como la ciudad más pequeña del mundo, pero no lo es ni de lejos (en España las hay mucho más pequeñas, hasta los 250 habitantes de Frías). De todos modos, es un lugar muy pintoresco que ha sabido mantener su aspecto de hace varios siglos. Muy pintoresco y muy turístico; aquí sí que no ha habido forma de aparcar, así que nos hemos tenido que conformar con verlo de pasada desde el coche. Una pena.
Pero hemos seguido por la carretera y hemos llegado a otro pueblo con unos edificios también muy llamativos, y allí hemos podido parar sin problemas. Hemos visto a dos mujeres con unas vestimentas bastante curiosas, y luego a unos hombres… en fin, abreviando, que era un centro de retiros espirituales de los Hare Krishna. Qué cosas.
Y hemos decidido hacer la visita que nos habíamos saltado en los días anteriores: Namur. Bueno, aquí seré breve. El devenir del viaje nos había hecho un favor haciendo que nos saltáramos la capital de Valonia, y no lo hemos sabido aprovechar. Si os gusta el cine en francés, la ciudad estaba llena de carteles anunciando el Festival Internacional del Film Francófono (FIMM). Si no, no se me ocurre ningún motivo por el que alguien querría ir a ese sitio. No hemos querido ni quedarnos a cenar, pese a que ya iba siendo hora.
En vez de eso, Ester ha propuesto ir a Bruselas y volver a la Brasserie de la Ville, donde cenamos el primer día, y eso hemos hecho. Otra vez hemos cenado muy bien, a un precio bastante aceptable y con blues de fondo. Blues mezclado con la música que provenía del fiestote que había en la Grande Place, donde no nos han dejado entrar porque ya había mucha gente.
Y ya nos hemos venido a nuestro hotel, cerca del aeropuerto (el Ágora estaba lleno). Mañana solo nos toca el vuelo a casa, conque no habrá más entradas. Bélgica ha sido una agradable sorpresa, un país con mucha variedad en su pequeño territorio y un viaje encantador; tal vez ayudado por el tiempo tan estupendo que hemos tenido, claro. Creo que volveremos algún día.




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