24/9 Luxemburgo
Pues sí, hoy nos hemos salido de Bélgica para acabar en Luxemburgo. Pero no adelantemos acontecimientos.
Nuestra habitación incluía desayuno, lo que nos iba a permitir salir un poco antes de lo habitual, sobre las diez, calculábamos. Pero hemos pillado capazo con el dueño de la casa… en fin, que se nos han hecho casi las once. Claro que charlar con los locales también es parte del viaje, ¿verdad? En este caso, hemos hablado sobre el teletrabajo, las vacunas y yo qué sé cuántas cosas más. Mientras desayunábamos y veíamos las vacas tras el jardín de la casa, y luego las colinas. Todo muy bucólico.
Nuestra idea inicial era ir a ver Namur, pero la noche anterior vimos que nuestra siguiente parada nos cogía aún más cerca, de modo que nos hemos saltado la capital valona y hemos ido directamente a Dinant. Esta localidad tiene muy a gala haber sido la ciudad natal de Adolphe Sax, el inventor del (como su nombre indica) saxofón. Tiene un puente sobre el río Mosa con un montón de estatuas de saxos pintados, cada una de ellas dedicada a un país diferente. También tiene una colegiata bastante resultona, que hemos visitado, y una fortaleza a la que se sube por un teleférico y resulta tal vez lo más llamativo de Dinant. Pero se nos hacía muy tarde, así que hemos decidido dejar la fortaleza para otra ocasión y salir hacia nuestra siguiente parada, la cueva de Han.
Según parece, la cueva de Han es bastante interesante, pero tampoco hemos entrado. Los primeros pases estaban ya llenos y no hemos querido esperar hasta las dos para el que tenía plazas libres. No estábamos teniendo muy buen inicio del día.
Pero queríamos llegar pronto a nuestro destino final: Luxemburgo. Desde el principio de nuestro viaje habíamos pensado que queríamos ir, aunque suponía un desvío importante. Luxemburgo es, desde luego, un país pequeño; pero, aunque su superficie actual es solo la cuarta parte de la que tenía en el siglo XVII (otro aviso: Bélgica tiene una región llamada también Luxemburgo que es más grande que el país, ojo no os liéis por la carretera), no es tan pequeño. Es más grande que Vizcaya, por ejemplo, y la capital está en el sur, así que teníamos hora y media de camino. Durante el trayecto hemos visto que necesitábamos echar gasolina, pero no encontrábamos ninguna gasolinera. Al llegar a Luxemburgo hemos visto el motivo: la gasolina era bastante más barata que en Bélgica, supongo que no es negocio poner una gasolinera cerca de la frontera. Y pensábamos que Luxemburgo era un país caro.
A ver, lo es. Pero tiene impuestos bajos, como casi todos los países pequeños. Y no es exactamente como lo imaginamos a veces. Como os digo, es más grande que Vizcaya, pero tiene como la mitad de población. Y pensamos que es la capital y poco más, pero el 85 % de los luxemburgueses viven fuera de ella. Y que la ciudad de Luxemburgo está llena de edificios modernos, pero ni de lejos. Hay una zona en las afueras, Kirchberg, así, pero el resto es una ciudad muy llamativa, dividida en dos zonas principales: la Ciudad Alta y la Ciudad Baja.
Luxemburgo está situada en torno a la confluencia de dos ríos, el Alzette y el Pétrusse que, pese a no ser muy grandes, forman una garganta bastante profunda. Al fondo está la ciudad baja y, sobre ella, la ciudad alta. Un poco como Edimburgo, pero más exagerado. Os dejo una foto de parte de la Ciudad Baja sacada desde la Ciudad Alta, para que os hagáis una idea.
Como nuestro hotel está en la Ciudad Alta, hemos empezado por allí. Hemos visitado la curiosa catedral, del siglo XVII pero con bastantes añadidos modernos, y la pequeña iglesia de San Miguel, mucho más antigua. Ester decía en la catedral que estaba todo el rato esperando que alguien saliera a saludar al balcón, y no le falta razón.
Luego hemos bajado hasta la Ciudad Baja porque nuestra guía decía que había muchos cafés y animación, aunque también que era una zona muy tranquila. No he acabado de entenderlo. El caso es que hemos recorrido el Grund, la zona entre los dos ríos supuestamente llena de cafés, pero todo estaba cerrado; en el cercano Clausen hemos visto una zona de bares (tal cual, era un recinto semicerrado donde solo había bares), pero todos también cerrados. Tal vez era demasiado pronto. Salvo uno, que estaba abierto y, aunque la música era mala y atronadora, nos hemos sentado en la terraza a tomar algo. Luego nos hemos dado cuenta de que la música no era tan mala (pop insulso, sin más); lo que era muy malo era el sonido. Pese a ello, nos hemos quedado a tomar otra y hasta hemos cenado bastante bien, a base de especialidades luxemburguesas. Kniddelen mat speck (unas masas de harina con salsa y champiñones) y Weinzosses (salchichas con salsa de pimienta y puré de patata). Si os parece que eso no está en ningún idioma que conozcáis, es porque Luxemburgo tiene su propio idioma, el luxemburgués, aunque el idioma más hablado aquí es el francés y, además de estos dos, también es oficial el alemán. El luxemburgués es como un dialecto raro del alemán; por ejemplo, el nombre local de Luxemburgo es Lëtzebuerg, pero la ë no existe en alemán. Solo se reconoció oficialmente en la década de 1980.
Y ya hemos decidido volver al hotel, pero en autobús, que subir a patita no parecía muy bien plan. Claro que no sabíamos cómo comprar los billetes ni cuánto valían. Al final, tras mucho lidiar con la web de los transportes públicos, en la que el apartado de billetes y tarifas estaba en blanco, hemos conseguido averiguar que desde marzo de 2020 todo el transporte público del país es gratuito. Incluido el interurbano. Si venís a pasar unos días (el pequeño gran ducado tiene bastantes atractivos), tenedlo en cuenta. Fue una medida que tomó el gobierno para reducir el tráfico; claro que a las dos semanas de entrar en vigor, empezó el confinamiento por el COVID-19, de modo que nadie quería coger el transporte público. A ver si, poco a poco, les va dando resultado.
Y ya a dormir. Mañana es nuestro último día completo en Bélgica y alrededores. A ver qué pasa, que aún no lo tenemos del todo definido.




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