17/9 A Bélgica

 Después de año y medio de pandemia, Ester y yo teníamos ganas de salir de viaje. Yo propuse coger el coche y dedicarnos a recorrer España; ella quería montar en un avión e irse más lejos. Al final, decidimos venir a Bélgica, alquilar un coche y recorrer el país. Como es pequeño (del tamaño de Galicia o Cataluña, más o menos), esperamos poder ver bastante en diez días.

Después de dejar organizado el cuidado de nuestra gata durante estos días, hemos salido hacia el aeropuerto y llegado a Bruselas sin muchos incidentes. Bueno, sin contar los que habíamos teñido unos días antes. Por un lado, nos escribieron del hotel que habíamos reservado para decirnos que estaba cerrado “por causa del COVID”, pero que no nos preocupáramos, que nos habían cambiado a otro muy cerca y sin aumento de precio. Miramos el mapa y no, no estaba muy cerca. Habíamos cogido un hotel junto a la Grand Place, y el otro estaba a kilómetro y medio. Ester decidió que no quería andar veinte minutos por la noche para volver al hotel, así que canceló la reserva (media hora antes de que se acabara el plazo) y cogió otro. El antiguo seguía ofreciéndose en Booking, por cierto.

Y un par de días antes me habían llamado de la oficina de Avis en la estación sur de Bruselas, donde debíamos recoger el coche el domingo (no lo queríamos mientras estuviéramos en Bruselas). Que ese día era el domingo sin coches y estaba prohibido circular por la ciudad, así que iban a estar cerrados. Pero nos darían el coche en la oficina del aeropuerto. Un poco a desmano, desde luego, pero qué remedio.

En fin, nada más llegar al aeropuerto fuimos a la oficina de Avis para confirmar que todo era correcto. La oficina estaba cerrada. Empezamos bien. A ver qué tal el nuevo hotel.

Pues oye, éxito absoluto. El chaval de recepción era muy majo, nuestra habitación una chulada y las vistas, excelentes. Os recomendamos el Hotel Ágora si venís a Bruselas.

Lo de más a la derecha es la entrada a nuestro hotel

Hemos dejado las maletas, hemos comido un poco en una terraza cercana y nos hemos dado una vuelta por los alrededores. Empezando por la Grand Place, que está a cien metros. Mala suerte: este fin de semana son las jornadas del patrimonio y está llena de unos tenderetes bastante feos que, además, obstruyen la vista de la plaza. No es que no se vea nada, pero no es lo mismo.

Luego hemos bajado andando hacia la estación del Sur (Bruxelles-Midi; la de nuestro hotel es Bruxelles-Central), pasando junto a algunos de los muchos murales dedicados a los cómics que hay por la ciudad.

Hay 62 murales sobre cómics por toda la ciudad

Hasta que la calle Stalingrado ha empezado a hacer honor a su nombre. Está toda levantada por obras y solo se puede pasar por unas plataformas bastante estrechas. Además, se había acabado la zona bonita del centro y estábamos entrando en otra mucho más fea y chunga. Por donde estaba el hotel en que nos querían meter. Menos mal que Ester se negó a aceptar el cambio.

Al final hemos llegado a la estación del Sur, que es enorme. Y la hemos tenido que cruzar entera hasta llegar a la zona del alquiler de coches. Había tres personas delante de nosotros. Una hora le ha costado al señor de Avis atenderles, una hora. De vez en cuando, llegaba gente al mostrador de Hertz, donde los despachaban en dos minutos. Pero a nosotros nos había tocado el lento. Por fin ha llegado nuestro turno. Desde que le he dado el número de reserva hasta que ha comprobado que el cambio al aeropuerto se había hecho correctamente y, de paso, nos ha cambiado la hora de recogida para poder ir un poco antes, un minuto escaso. No tengo ni idea de qué carajo podía haber pasado con los anteriores.

En fin, como no teníamos ganas de volver andando, y menos después de una hora esperando de pie, hemos cogido un tren de vuelta a Bruxelles-Central. Como os decía, Bruxelles-Midi es muy grande y, además, cada tren hacia el norte salía de una vía distinta, así que nos ha costado un poco encontrar la nuestra. Pero luego el viaje ha sido muy cómodo, aunque las vistas a un polígono industrial eran bastante feas. Claro que a la venida, vale, el barrio era feo, pero no un polígono industrial. Y cuánto tardamos en llegar, oye.

Veinte kilómetros después, nuestros héroes se han bajado del tren en la bonita localidad de Halle, al sur de Bruselas. Por bonita entiéndase fea de cojones. O a lo mejor no lo era tanto, pero la zona de la estación sí. En fin, tres minutos después salía otro tren hacia el norte, así que cambio rápido de vía y a esperar que no pasara ningún revisor. Y no ha pasado, hemos llegado al centro sin más problemas que la media hora larga de retraso. Unido esto a la espera en Avis, se nos había hecho ya muy tarde. A cenar rapidito, que a las nueve habíamos cogido un escape. Qué le vamos a hacer, nos gusta hacer un escape en todas las ciudades que visitamos.

Tras buscar un poco, hemos encontrado un sitio de comida tradicional, la Brasserie de la Ville. Y nos hemos tomado unos mejillones buenísimos, oye. Pena de las prisas, porque además es un lugar donde se lo toman con calma y les gusta tratar bien a los clientes. Creo que volveremos.

Y hemos llegado solo cinco minutos tarde al escape. En un sitio llamado 60 Minutes, iba sobre el Manneken Pis (nos gusta cogerlos de temática local). Hemos echado en falta algo más de historia, aunque sí hay una reproducción funcional de la famosa estatua, pero tiene unos cuantos puzzles bastante originales. Lo hemos pasado bien.

Y, como ya estábamos cansados, nos hemos tomado un café y un gofre junto al hotel, y a dormir. Mañana tenemos una visita guiada por la mañana, así que tenemos que levantarnos pronto. Hasta entonces.

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