23/9 Hacia las Ardenas

Como os conté ayer, hoy nos hemos dedicado a hacer kilómetros, parando de vez en cuando a ver alguna cosa por el camino. Llevábamos una lista de cosas que queríamos ver, pero sin saber bien hasta dónde íbamos a llegar y pudiendo hacer cambios sobre la marcha. Por ejemplo: en nuestro plan inicial estaba dormir hoy en Charleroi, pero al final ni nos hemos acercado a esa ciudad.

Empecemos por Kortrijk (o Cortrique, que es su nombre en español, aunque yo no lo había oído en mi vida), donde habíamos dormido. Esta vez teníamos desayuno en el hotel, así que hemos bajado a dar cuenta de él. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que, sin contar el personal del hotel, Ester y yo éramos las únicas personas en ese salón que aún no se habían jubilado. Bueno, no está mal empezar el día sintiéndose joven.

Luego nos hemos ido al centro a ver por dentro un par de iglesias, empezando por la de San Martín, en la Grote Markt. Tiene una torre muy llamativa que ya habíamos visto la noche anterior. Por dentro se ve que está muy reconstruida (las guerras han destruido gran parte del patrimonio histórico de la ciudad, aunque ahora lo están intentando recuperar), pero sigue teniendo muchos cuadros de maestros flamencos del barroco. Y otro tanto se puede decir de la iglesia de Nuestra Señora. Si en Flandes veis algún cartel que indica Onze-Lieve-Vrouwekerk, es la iglesia de Nuestra Señora. En Valonia pondría Église de Notre-Dame, claro. Y en España pondrían el nombre que se haya dado a la Virgen en la localidad en cuestión. Esta iglesia tiene una importancia histórica por la batalla de las espuelas de oro, que se libró en el siglo XIV en las cercanías. En ella, la infantería flamenca de Brujas consiguió engañar a la poderosa caballería francesa para que se metieran en un cenagal, donde acabaron con ellos. Esta se considera como la primera victoria de un ejército de infantería contra otro de caballería y los flamencos se llevaron como botín las espuelas de los caballeros franceses, y las colgaron en el ábside de la iglesia de Nuestra Señora. Los franceses las recuperaron años después, pero hoy día vuelve a haber unas réplicas allí colgadas. Además, la iglesia tiene muchos cuadros valiosos, como una Elevación de la cruz de Van Dyck.

De allí nos hemos ido a Oudenaarde, ciudad que tal vez os suene a los aficionados al ciclismo porque el Tour de Flandes termina allí todos los años. En la ciudad tienen un museo dedicado a esta prueba que, pese a su nombre, es una clásica de un día. Pero nosotros íbamos a ver el ayuntamiento y la iglesia de santa Walburga (toma nombrecito), que destacaban en nuestra guía. Y nos hemos tenido que contentar con ver la iglesia por fuera, porque abría a las 14:30 y aún eran las 12:00. Aunque la plaza estaba muy animada, con un mercadillo y un montón de gente comiendo en las terrazas, aprovechando el tiempo soleado, nosotros no queríamos esperar tanto tiempo y hemos decidido seguir camino.

Poco después hemos pasado por Ronse, ya en el límite con Valonia, y he convencido a Ester para parar a ver una iglesia cuya gran torre se divisaba. Era la iglesia de San Hermes que, por desgracia, está en plena restauración, así que solo se puede visitar una pequeña parte de la nave. En fin, tal vez para otra ocasión.

Y lo mismo nos ha ocurrido con la catedral de nuestra siguiente parada, Tournai. Bueno, aquí sí hemos podido visitar toda la primera nave, de estilo románico, pero el transepto y la parte gótica de la catedral están cerrados y llenos de andamios. Pese a ello, la catedral resulta impresionante. Y también tiene una Grand Place triangular preciosa, con un ayuntamiento muy llamativo, aunque muy diferente de los flamencos que habíamos visto en días anteriores. Tournai me ha parecido, como Malinas, una ciudad menos conocida de lo que merece. Otro lugar que merece una visita mucho más larga. Tal vez otro año.

De allí hemos ido a la ciudad que mejor conozco de toda Bélgica: Mons. He estado al menos media docena de veces por trabajo, pero Ester no la conocía, tiene una plaza bastante bonita y nos pillaba de paso. Bueno, según nuestra guía, también merecía la pena una colegiata de la que nunca había oído hablar, de modo que hemos empezado por ella. Y, sinceramente, no entiendo cómo nadie me había hablado de ella. No será porque pase desapercibida, con ese tamaño en medio de la ciudad. Y el interior es realmente espectacular. Cuando vuelva a Madrid avisaré a mis compañeros para que, si van a Mons, no se la pierdan. Le hemos dedicado una hora entera que se nos ha hecho corta.

Aprovecharé para daros un aviso si recorréis Bélgica por carretera, como nosotros. En los carteles de las carreteras indican el nombre de las localidades en el idioma de la zona en que estás, no en el de la localidad en cuestión, y a veces los nombres valón y flamenco son muy diferentes. Por ejemplo, el nombre flamenco de Mons es Bergen. Si pensáis seguir las indicaciones de los carteles, aseguraos de que conocéis los dos nombres.

Hemos decidido saltarnos la plaza (que es bonita, pero no más que otras que hemos visto en este viaje), saltarnos también Charleroi e ir directos a la abadía de Villiers, a ver si llegábamos a tiempo de verla. Así ha sido y, pese a todas las cosas interesantes que hemos visto, para mí la abadía ha sido la estrella del día.

Empezaré por deciros que la abadía de Villiers fue destruida a finales del siglo XVIII, en plena fiebre anticlerical tras a revolución francesa, y nunca se ha reconstruido. En efecto, la abadía está en ruinas. Pero resulta un lugar sumamente mágico, tal vez ayudada por el hecho de que el día se había nublado y, además, estábamos casi solos. En un cartel ponía que recibe unos 150 000 visitantes al año; pues hoy no se ha cumplido la media. Entre las fechas y el covid, estamos teniendo muy pocas aglomeraciones de gente en las visitas. Además, en la abadía hay pocos carteles explicativos (sí hay una web que sirve de audio guía) y están mimetizados con las paredes negras, así que a veces teníamos casi la sensación de estar en un lugar nuevo y desconocido. Nos habríamos pasado allí un montón de horas, pero ya se nos hacía tarde y empezábamos a estar cansados.

Así que nos hemos ido hacia Namur, la capital de Valonia, donde habíamos cogido un hotelito para pasar la noche. Bueno, no en el mismo Namur, sino en un pueblo cercano, así que íbamos a coger la habitación y volver a Namur para cenar y recorrer un poco la ciudad. O ese era nuestro plan.

Al tomar el desvío para salir de la autovía, de repente, nos hemos visto en pleno bosque de las Ardenas. Con una carreterita estrecha y revirada por la que no acabábamos de ver claro eso de volver después de cenar. Nuestro hotel no es sino una habitación (muy bonita, eso sí) en una casa particular de un pueblecito a 15 km de Namur, pero que igual podía estar en otro planeta. Y nosotros, sin cenar. Pero el dueño ha llamado a un restaurante en otro pueblo cercano para reservarnos mesa, conque para allá que hemos ido. Por otra carreterita tan mala como preciosa. Luego nos hemos zampado una fondue y rematado con unos buenos postres, entre ellos unos profiteroles que casi hacen llorar a Ester de la emoción. Ahora está durmiendo con los pies hechos polvo, pero la satisfacción del deber cumplido. Y yo voy a hacer lo mismo. Buenas noches.

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