21/9 Gante

Desde que empezamos el viaje estaba esperando decir esto: si hoy es martes, esto es Bélgica. Hala, ya está. Llamadme simple, si queréis. O id a IMDb si no sabéis qué quiere decir esta frase.

Esta mañana ha empezado con sobresalto. Ester me ha zarandeado para despertarme: “¡Luis, que te has quedado dormido! ¡Son ya las nueve menos veinte!” He pegado un brinco, he mirado el reloj… pues sí, claro. Hacía ocho minutos que había sonado mi despertador, lo había apagado para remolonear un poco y un minuto después iba a volver a sonar para levantarme. Como todos los días. Para un día que la pobre Ester se despierta sin tener que llamar a la grúa…

Hoy sí hemos podido dejar las maletas en el hotel, así que hemos podido desayunar como debe ser en la terraza de Le Pain Quotidien de la Grote Markt de Gante (Gent). Un poco caro, pero el sitio valía la pena, ¿no creéis?

Luego hemos ido a nuestra visita guiada. Pese a que en la publicidad decían que se hacía en grupos de seis personas, como mucho, éramos diecinueve. De todos modos, nuestra guía ha sabido manejar bien el grupo y nunca he tenido problemas para seguir bien lo que contaba. Sobre todo, montones de historias y curiosidades sobre la ciudad.

Por ejemplo: cuando hicieron el museo del Diseño, quisieron poner unos aseos detrás del edificio, pero el ayuntamiento dijo que no había dinero para eso. Así que preguntaron si había presupuesto para una instalación artística y dijeron que para eso sí. Y la pusieron.

En Gante hay un castillo bastante grande, junto al río, que data del siglo XII, aunque en el siglo XIX sufrió una reconstrucción un tanto dudosa. Desde el principio fue un palacio del conde de Flandes y nunca tuvo intención defensiva, pero en toda su historia solo fue tomado una vez. En 1949, por un grupo de estudiantes que protestaban por una tasa del 25 % que se le había puesto a la cerveza. Se hicieron fuertes en el interior y solo salieron cuando el ayuntamiento accedió a algunas de sus propuestas. La tasa se redujo al 10 % y desde entonces, el día del aniversario del incidente, todos los estudiantes tienen derecho a dos horas de cerveza gratis. Gante es una ciudad universitaria y tiene muchas historias relacionadas con las fechorías estudiantiles.

Gante está lleno de edificios que en tiempos pertenecieron a los distintos gremios, como ocurre en otras ciudades flamencas. Uno de ellos, muy grande, es el de los carniceros. Estos podían vender la carne solo durante las 24 horas siguientes a su llegada al edificio (48 h en invierno). Después ya no se consideraba apta para la venta, al menos para los ricos. La que sobraba la vendían más barata a los pobres o la mezclaban con cerveza y la cocían, para quitarle el sabor a carne pasada. Y ese es el origen del estofado flamenco (vlaamse stoverij), uno de los platos más típicos de Flandes. Probadlo, que está muy bueno. También lo encontraréis en el resto del país como carbonnade flamande. Los nombres en francés y en flamenco a veces son muy diferentes.

Venga, otra historieta. Detrás del castillo hay una plaza, la plaza de Sint Veerle, conocida como plaza de la muerte porque allí se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Hace unos años el ayuntamiento quiso quitarle ese triste sobrenombre y contrataron a un artista italiano que hizo una instalación poco llamativa: puso tres farolas en la plaza. La gracia está en que están conectadas con la maternidad de Gante y, cada vez que nace un niño, sus padres pueden pulsar un interruptor que las enciende durante unos minutos. De ese modo la han convertido en la plaza de la vida. Al parecer, durante el confinamiento, las familias de los recién nacidos se juntaban allí para brindar cuando se encendían las luces.

Gante fue una de las ciudades más importantes de Europa, gracias a la pujanza de sus gremios, hasta el siglo XVI. El inicio de su declive está en un acontecimiento en principio feliz para la ciudad, en 1500: el nacimiento en ella del heredero de las coronas más importantes de Europa. El futuro emperador Carlos V.

Carlos V necesitaba mucho dinero para costear sus guerras europeas, dinero que salía de los impuestos, claro. Pero en 1540 los burgueses de Gante se negaron a pagar. Contaban con que el emperador no tomaría represalias contra su ciudad. Pero vaya si las tomó. Encarceló a los cabecillas de la rebelión y quitó todos sus privilegios a la ciudad, entre otras cosas, con lo que el comercio decayó y Gante perdió su preeminencia en favor de Amberes. Por eso Carlos V no es una figura conmemorada en la ciudad. Solo hay una estatua suya, una de las muchas que hay en la fachada del ayuntamiento, y se puso en el año 2000, coincidiendo con el quinto centenario de su nacimiento. Todo ese tiempo ha tardado la ciudad en perdonar a su ilustre hijo.

Bueno, dejo ya las anécdotas de nuestra visita. Después de ella nos hemos tomado una cerveza frente a la catedral y hemos ido a visitarla. La catedral de Gante, tan airosa como todas las catedrales góticas flamencas, aunque tal vez algo menos luminosa, es famosa, sobre todo, por el retablo del Cordero Místico. La obra maestra de Van Eyck requiere una entrada especial para verla (la catedral en sí es gratis), y nosotros la hemos cogido con extra. Hay una exposición en realidad aumentada en la cripta de la catedral, dedicada casi en exclusiva a su ejecución e historia. Y luego subes en ascensor a verla en una de las capillas de la catedral. Le han puesto un entorno acorde con la categoría de la obra, que es realmente impresionante. Y la hemos podido ver tranquilamente y sin aglomeraciones.


Hemos visto todo menos uno de los paneles, que es una copia. La historia del retablo es bastante alambicada, con robos, traslados, ventas y recompras de las que siempre se ha recuperado, salvo de un robo hace casi cien años. Unos ladrones se llevaron dos paneles y pidieron un rescate por ellos. Devolvieron uno como prueba de que, efectivamente, eran ellos los ladrones, pero no se ha vuelto a saber nada del otro. Hay muchas leyendas en la ciudad al respecto, pero lo cierto es que su paradero sigue siendo un misterio. Seguro que hay algún escape en Gante con el tema de la recuperación del panel de los Jueces Justos (el inferior izquierdo), aunque no lo hemos buscado.

También hemos visitado otras dos iglesias, las de San Nicolás y San Miguel. Sobre todo esta última es bastante interesante y tiene un montón de cuadros de maestros flamencos. Vaya, la propia catedral tiene un gran Rubens al que casi nadie hace caso, eclipsado por el Cordero Místico. En San Miguel no hay ningún Rubens, pero sí un Van Dyck.


Y ya nos hemos venido a cenar a Brujas. Hemos cogido nuestro hotel, como siempre céntrico, y nos hemos ido a dar una vuelta. Pese a que habíamos visto una zona de restaurantes con buena pinta, al final nos hemos quedado en uno de la Grote Markt con muy buenas vistas. La peor comida de todo el viaje, claro. Incluso hemos ido después a tomarnos algo más a otro sitio porque nos habíamos quedado con hambre. Mira que caer en trampas para turistas a estas alturas… En fin, al menos las vistas eran bonitas, como os digo. Mañana os contaré más sobre Brujas.



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